14.4.09

Las pestañas de las pegatinas. Segunda parte

Quiero volver... dice la canción. Pues vuelvo. Aquí estoy para seguir dejando rarezas, ideas, olvidos... cada día más feliz. También dice otra canción algo de ... volver a ser un niño..., pues también vuelvo a ser niña, si algún día dejé de serlo.

Y vuelvo retomando lo de las pegatinas, porque sigo echándolas de menos. El otro día un amigo me dijo: nunca entendí a los niños que coleccionaban pegatinas para nunca pegarlas. Pues resulta que yo era una de ellas: tenía una pegatina de "pezqueñines no, gracias", otra enorme del equipo de baloncesto de la selección española que ganó la plata en los juegos olímpico s de los ángeles ochentaialgo... receurdo que llegué a tener más de cien pegatinas en mi colección, pero no recuerdo cuándo la dejé, ni dónde.

Hoy como resumen voy dejar por aquí un tarrito de mermelada de fresa que hice ayer.

25.4.06

Se pone difícil ...

Hoy he entrado aquí dispuesta a hcaer lo que llevo demasiado tiempo aplazando y que ya es inevitable: cerrar este blog por la imposibilidad de hacer con él lo que me apetecería y para lo que fue creado. Pero no he sido capaz; al abrirlo para guardarme una copia de todo lo escrito, sencillamente no he sido capaz.

Así que lo que haré será dejarlo sólo suspendido, esperando, por un tiempo. No quiero predecir cuánto, pues sería el peor freno a volver a escribir.

Lo dejo aquí, pero antes quiero deciros que me encantó compartir mis olvidos con todos estos lectores tan estupendos que no sé ni cómo me he merecido. Gracias por todo y hasta pronto.

11.4.06

de cuando las pegatinas tenían pestañas (primera parte)

El tiempo pasa, y todo cambia. Cambia lo trascendente y lo intrascendente, lo tangible y lo intangible. Cambio yo y cambian aquellos a quienes bien conozco. Algunos cambios nos gustan, otros no.

Lo que a mí no me gusta es que las pegatinas ya no lleven esa pestaña que hacía más fácil despegarlas. No me gusta que ya no haya un señor vendiendo palos de regaliz en cada esquina de Madrid, y eso que nunca me ha gustado el regaliz. No me gusta que si un día me equivoco y me pongo un calcetín de cada color, me pase el día entero intentando esconder los pies. No me gusta que ya no haya pintadas de tiza en el suelo del portal de mi casa, han pintado encima con betún negro. No me gusta que si veo una piruleta roja y brillante, de las que tiñen lengua, labios y dientes, no me atreva ni a mirarla. No me gusta que ya no haya momentos como cuando era pequeña que le decía a mi madre "me aburro", y ella me contestaba, "pues pinta", porque ahora ya no tengo tiempo ni para pintar. No me gusta que un estúpido o estúpida que se gana la vida de los impuestos que pago, sea capaz de enfadarme sólo con escucharle en la radio o verle en la televisión.

No me gusta no acordarme de muchas cosas que sé que me gustaban y que por no existir ya, se han escondido entre mis olvidos. Aunque si lo pienso, puede que en realidad lo único que quieran es que juegue al escondite con ellas. Pero es que a veces olvido las reglas del juego ... ¿cómo se empezaba? ¿me doy la vuelta y cuento hasta cien?

Hace un año...

... colgué en el blog que tenía (al que mimaba bastante más que a este, todo hay que decirlo) una lista de cosas que teníamos que prepararnos el grupo de amigos que íbamos a salir juntos a pasar estos días de merecidísimo descanso y esparcimiento. Cuando volví de pasarlo de maravilla con gente a la que quiero tanto, publiqué un "extracto" de cosas dichas, escuchadas y vistas por bocas, oídos y ojos que están dispuestos a sacar jugo de cada letra, expresión o gesto. Así son mis amigos.

Este año, no hizo falta plantear nada. La semana pasada estábamos juntos (por desgracia no todos, falta alguno y alguna) y sin necesidad de cortesías ni ajustes o cancelación de planes, hemos decidido volver a pasar unos días juntos. Ha pasado mucho en este tiempo. Sólo un año, pero ha pasado mucho.

Yo, ya sabeis los que me seguís, tengo poco tiempo. A mi alrededor muchas cosas han cambiado, hace unos meses mi vida dió un vuelco, nunca había pensado que lo pasaría tan mal y que se me notaría tan poco. Ahora lo veo de lejos, desde otra perspectiva, hay mucho que ver en el futuro... Pero ¿para qué os cuento esto? ... supongo que como tengo unos minutillos libres, aprovecho y suelto el rollo.

En fin, que lo que quería deciros es que me voy unos días. No a pescar, o a tomar el sol, o a hacer turismo, o a ver procesiones, o a conocer una ruta gastronómica. Me voy a disfrutar unos días de mis amigos, a exprimirles al máximo, a reirnos, a aprovechar lo que tenemos, y a contagiarles todas las sonrisas y el buen rollo que pueda.

Ya os contaré a la vuelta. Besos para todos y todas, y que lo paseis en grande.

14.3.06

cuando el tiempo pasa sin pisar

Inconsciente de que ya habían pasado catorce meses desde que él se fue, María seguía sentándose cada día en su sillón. No es que no quisiera sentarse en el de él, y tampoco es como si todo hubiese quedado como un santuario desde el día que él murió. Sencillamente, ese sillón estaba ocupado por cojines. Unos cojines demasiado descansados que deseaban ansiosamente cada navidad, vacaciones o esporádicos fines de semana, la visita de los nietos con sus inevitables guerras de cojines, golpes, gritos, risas ... Ella también disfrutaba. El resto de los días la casa sólo era el silencioso hogar que durante tantos años fue el escenario de incansables, ruidosos y numerosos niños y no tan niños.

María salió ayer a pasear como cada mañana a eso de la una, obediente a los consejos del médico que le había prohibido salir antes de las once por no sé qué rollos de la inversión térmica y la contaminación. Pero no volvió a comer. Se sentó en una silla de una terraza a la sombra que ofrecía deliciosos granizados de limón al visitante. Se pidió uno, bebió. Había hecho esto cada primavera desde que se conocieron, y siempre que los escasos ahorros se lo habían permitido. Se acordó de eso, miró a la silla de enfrente, y le recordó mirándola y pidiéndola esas cinco pesetillas que faltaban para pagar. Una potente risa salió de lo más profundo de su anciano cuerpo, sus ojos volvieron a arrugarse y sus mejillas se sonrojaron como cuando escuchaba los ingeniosos piropos que él la regalaba. Sintió como si esos últimos catorce meses no hubieran existido, o como el el tiempo hubiera pasado sin pisar, por encima de ellos. -¡Ay Manuel, cuánto te hemos echado de menos los niños y yo!- dijo. Su mano se relajó y el granizado empezó a derretirse.

5.3.06

Sombras paralelas

Nos alumbraba la misma luz. Mi sombra se extendía en una dirección y la tuya escapaba en otra.

Por un momento deseé que nuestras sombras fueran paralelas.

Enseguida se me fue de la cabeza. Prefiero verlas cruzarse, escapar. Jugar.

8.2.06

Julia

Si alguna mañana tardábamos en salir de la cama más de la cuenta, llegaba ella, ataviada ya desde primeras horas con su delantal de flores, en el que siempre, indudablemente, había enganchado un imperdible y prendida en el bolsillo una pinza de tender la ropa, como si de artículos de emergencia se trataran. Nunca supe porqué los llevaba, cuál era la utilidad de esos dos sencillos artilugios en aquel delantal que, al menos en mi recuerdo, duró años y años.
- ¡Arriba!, ¡vamos!, que tienen que aviarse y marchar para el colegio.
Si alguna de nosotras todavía se resistía a permanecer arropada en el calor de las mantas, ella no dudaba de echar mano del trapo, o del palo del plumero y apuntar a nuestro trasero. No intentaba hacer daño, sólo fastidiarnos, y lo conseguía, sin duda lo conseguía, sobre todo con el dichoso plumero. Creo que por eso yo nunca me he querido comprar uno.
Ella siempre nos hablaba de usted, decía que lo de tutear era de mala educación, así se lo habían enseñado de chica en su pueblo, decía. No había ido al cole, desde pequeña tuvo que ayudar a su familia en el trabajo del campo, de la casa, de los cerdos, cuidar de sus hermanos pequeños, y cuando apenas había pasado la edad en la que debería haber estado jugando con sus amigas o tonteando con los muchachos del pueblo, tuvo que empezar a cuidar de sus hijos.
A mí ya me parecía muy mayor cuando venía a casa a echarle una mano a mi madre en las tareas de un hogar que debía serlo para ocho personas y un perro. Recuerdo sus manos, huesudas pero fuertes, de piel áspera, con los nudillos anchos y sobrecargados, pero nunca fueran unas manos cansadas o débiles. Trabajaba duro, y aunque nunca trató de ser dulce o de mimarnos como haría cualquier mujer de su edad a seis niños que apenas pudieron llegar a conocer a sus abuelas, nunca dejó de enseñarnos, de inculcarnos valores de los que entonces no entendíamos, de asentar en nuestras infantiles cabezas pequeñeces como el respeto, la dignidad o la responsabilidad. Ahora lo pienso y no dudo en que al menos un poco, sí que actuó de abuela para nosotros.
La última vez que la ví fue hace un par de años. Y aunque nunca supe su edad, seguía igual de mayor como yo la recordaba. Bromeé con mi hermana -¿oye, por qué Julia no envejece y nosotras lo hacemos más de lo que nos gustaría?-. Aunque aparentaba estar igual de fuerte que cuando fregaba toda la casa con vinagre, o cuando limpiaba las ventanas sin miedo a asomarse excesivamente desde un undécimo piso, había algo que ahora parecía sumarle años, y es que ya necesitaba la compañía de un bastón
Después de tanto tiempo, y sin haber sabido nada nuevo de esta gran señora, el otro día soñé con ella. No fue un sueño raro, ni desubicado, ni sinsentido, como suele suceder. Fue más bien un recuerdo de ella con su delantal limpiando en la casa que sigue siendo hogar para toda la familia aunque allí ya sólo viva mi madre. Un recuerdo que se apoderó de mí mientras dormía, y que me hizo despertar pensando que tenía siete años, que volvía a medir un metro, que las preocupaciones no existían, y que estaba otra vez en la cama de arriba de la litera roja de la que era mi habitación y la de dos de mis hermanas. Volví a acurrucarme bajo el edredón, me gustaba la sensación. Pero ella no vino a obligarme a salir a punta de plumero.

30.1.06

me suena tu cara

Ayer me acordé.
Yo tenía cerca de 16 años en aquellos años en que mi hermana mayor se sacaba un dinerillo extra en las fechas de comienzo de curso. Ella cogía su valiosa minolta, su trípode, su flash, un retal de tela blanco y una silla de camping. Elegía una facultad (decía que la de informática era la más aburrida, pero la que más pasta daba), y durante las dos primeras semanas de octubre, se plantaba en la puerta con un cartel que anunciaba "fotos carné. 16 por 600 pesetas." Cuando volvía a casa por las tardes, se encerraba en el baño con su ampliadora, sus líquidos, y plantaba un tajante aviso en la puerta que decía "revelando. NO PASAR". Después de un par de horas encerrada con su luz roja, salía dejando unas cuantas tiras fotográficas llenas de pequeñas caras colgadas de la barra de la cortina sobre la bañera.
A la mañana siguiente se levantaba la primera de todos, recogía todas las fotos antes de que empezara la incesante ronda de duchas de mi numerosísima familia, las cortaba, las empaquetaba en sobrecitos de color marrón sobre los que escribía un nombre, y volvía a ir a la facultad a encontrarse con nuevos rostros para fotografiar.
Al principio era raro, porque cuando entrábamos al baño cualquiera del resto de la familia, pues cortaba un poco. Era inevitable sentirse observada por esos diminutos rostros repetidos, unos sonriendo, otros con cara de sueño, otros con el moreno reciente de las vacaciones, otros con la mala cara que les dejaba el tener que matricularse de nuevo de las asignaturas que han vuelto a quedar, otros que habían salido con los ojos a medio cerrar (por aquella época las cámaras no eran digitales y no podías saber si las fotos habían salido bien hasta revelarlas), otros sonrientes ...
Puede parecer una tontería, pero a lo mejor ya sé por qué hay veces que me suena la cara de la gente y no sé de qué.

9.1.06

Todo son propósitos

Empecé el año brindando con los amigos, por cada propósito, un brindis. Y no pararon de surgir ideas. De pronto todos teníamos un montón de cosas que queríamos dejar hechas en este 2006.
Tres botellas de cava después (fueron tres porque no teníamos más) dejamos de hacer nuevos propósitos, no por falta de ganas e imaginación, porque teníais que escuchar algunas de las últimas ocurrencias que fueron saliendo.
Yo propuse unos cuantos también, que aunque fueran "repes" del año pasado, estoy segura de que también valen (lo que cuenta es la intención, ¿no?). Total, que tengo un montón de cosas que hacer en este año, un montón de cosas con las que disfrutar, o cabrearme, o descabrearme, o reir, o volver a brindar. Lo importante es tenerlas.
Ah, y otra cosa aún más importante: como he sido muy buena (¡¡ssshh, esos del fondo, silencio!!), SS.MM. Los Reyes Magos de Oriente me han dejado lo que les había pedido, un poco más de tiempo, que siempre se me queda corto, pero dicen que como este regalo estaba muy solicitado, más que la alisadora Rowenta o el camión de basura de los clic de famobil o la ipod, se les han acabado las existencias y no me lo podrán dar hasta la semana que viene que les vuelva a llegar el pedido de fábrica. En fin, esperaré unos días más. Eso significa que espero a partir de la semana que viene volver a ser la visitadora más ilusionada de cada uno de vuestros blogs y la escritora más ocurrente en el mío, que no es poco.
Besos a todos y todas. Y creedme, que yo lo sé, que este año, será EL AÑO (al menos hasta que llegue el siguiente, que entonces hablaremos).

27.12.05

a tiempo

Otro olvido que me dejé en el tintero el otro día ...
resulta que olvidé que lo que de verdad no es recuperable es ... ¡¡el tiempo!!
Me falta, y no lo digo como excusa por no haber escrito y contestado a todos vuestros entrañabilísimos mensajes. Lo digo porque es así, porque me falta, porque recuerdo que de pequeña escuché en una canción algo así como ...
"cada minuto que pasa es un tiempo irreparable"
... así que he decidido que eso es lo que le voy a pedir a los reyes magos: tiempo (aparte de mucha felicidad para todos vostros en el próximo año).
Ah, y también quería deciros que aún estoy a tiempo para deciros que lo paseis muy bien en estas fiestas, que los regalos que os hagan os llenen de ilusión, y ya no os cuento la ilusión que harán los que hagais vosotros, que brindeis desde el corazón por una buena razón (o dos, o tres ...), y que cuando todos estos días de revuelo hayan pasado, estemos de nuevo aquí hablando de todo un poco, de lo cotidiano, de lo profundo, de lo divertido, de lo soñado y de lo recordado.
Muchos, muchos besos para todos y felices fiestas.

19.12.05

Olvidos

Un libro en el bolsillo del asiento de delante de un avión. Irrecuperable, claro.
Una blusa en el armario de un hotel. Recuperable.
La plancha enchufada; o no; o el hecho de haberla desenchufado. Recuperable si hay ganas de ir a comprobarlo a la una de la mañana, que es cuando me acordé.
El teléfono en un coche que acabo de dejar en el taller. Dicen que recuperable.
El día en el que vivo. Recuperable.
Dos entradas para un fabuloso concierto de Yo-yo Ma. Irrecuperables hasta que vuelva a tocar en Madrid.
Que ya casi es navidad. Recuperable con una tarde decorando el árbol, poniendo lucecitas y alegrando la casa.
Mi edad. Por desgracia, recuperable; la chica que me lo ha preguntado hoy por teléfono para no sé qué rollo del seguro médico no se ha creído que la hubiera olvidado y me ha obligado a calcularla con mi fecha de nacimiento.
Trabajo. No hace falta recuperarlo; estos a los que suelo torturar a diario han sido encantadores y me han dicho que durante estos días me echaban de menos pero no me necesitaban, lo cual no sé cómo tomarme.
La botella de agua todas las mañanas para quitar el hielo del coche, y la manzana que suelo comerme a la ya conocida "hora de la manzana". Recuperables en cuanto vuelva a la rutina.
Horas de sueño, moomentos de descanso y buen color en la cara. Recuperables, con tiempo.

Haciendo balance, prácticamente todo es recuperable.

Y gracias a todos los que habeis pasado por aquí, me habeis dejado abrazos, besos y sonrisas. Habeis cuidado bien este lugar, de vosotros no me olvidé.